Nací después del último y enorme derramamiento de sangre mundial en un pequeño país europeo, cuya población autóctona alcanza escasamente el millón de personas. En aras de la brevedad de la historia, vamos a llamarle „U“. He escogido esta letra, la „U“, porque hace mucho tiempo que me he dado cuenta de que las palabras que designan algunos conceptos esenciales en mi lengua materna incluyen el sonido de dicha letra y se escriben con la „U“, en la sílaba acentuada. Son palabras como muerte, fuego, tierra, cenizas, dios, tristeza, diablo, dormir, nieve, sexo, melancolía, locura, hechizo, orgullo, cuento, poesía, fe y religión (para las dos últimas tenemos una única palabra en mi lengua), etcétera. Ahora he comprobado que en inglés ninguno de estos conceptos incluye la letra „U“.  

(Véase más en: Un enfoque simbiótico de la cultura postmoderna. Reflexiones desde U. Trad. S. Bravo Utrera. Granada: Comares, 2009) 


I was born after the last great world bloodshed in a small European country whose autochthonous population numbers barely a million. For brevity's sake, let's call it U. I have chosen the letter "U" because I noticed only recently that the words for some essential notions in my native language are said with the sound and written with the letter "U" in them - in the stressed syllable. These include the words for "death", "fire", "earth", "ashes", "God", "sadness", "evil", "sleep", "snow", "sex", "melancholy", "madness", "spell", "pride", "story", "poetry", "faith and religion" (there is a single word for both in my language), etc. (Only now I notice that in English none of them has a "U".) 

[See further: A Call for Cultural Symbiosis. Meditations from U. Trans. H. L. Hix. Toronto: Guernica, 2005]


Nasquí, poc després de l’últim gran bany de sang al món, en un país europeu la poblaci´autòctona del qual arriba amb prou  faenes al milió de persones. En consideració a la brevetat, podem dir-li “U”. He triat la lletra “U” perquè m’adoni fa poc que les paraules per a algunes nocions essencials en la meua llengua materna són dites i escrites amb la lletra “U” –i, a més a més, en la seua síl·laba tónica. Entre estes, troven els mots per a “mort”, “foc”, “terra”, “cendres”, “Déu”, “tristor”, “mal”, “son”, “neu”, “sexe”, “melangia”, “follia”, “escriptura”, “orgull”, “historia”, “poesía”, “fe i religió” (només hi ha una paraula per als dos sentits en la meua llengua), etc.  

(Veure més en: Una crida a la simbiosi cultural. Meditacions des d’U. Trad. J. C. Laínez. València: Institució Alfons el Magnànim, 2009)


Nacqui dopo l’ultimo, enorme spargimento di sangue mondiale, in un piccolo
Paese europeo, la cui popolazione autoctona arriva a malapena a un milione di
persone. Per brevità lo chiameremo u. Ho scelto questa lettera, la “u”, perché poco
tempo fa mi sono accorto del fatto che nella mia lingua materna parole che
designano alcuni concetti essenziali includono il suono di questa lettera e in sillaba
accentata si scrivono con la “u”. Sono le parole per «morte», «fuoco», «terra»,
«cenere», «Dio», «tristezza», «diavolo», «dormire», «neve», «sesso»,
«malinconia», «follia», «stregoneria», «orgoglio», «racconto», «poesia», «fede» e
«religione» (alle due ultime parole nella mia lingua ne corrisponde una sola) e altre
ancora. (Mi accorgo che in inglese nessuna di esse include la lettera “u”).

[Vedere più in: Meditazioni da U.  Per una simbiosi culturale. Trad. Pietro U. Dini. Novi Liguri: Joker Edizioni, 2015]




de ELEGÍA ESTONIA Y OTROS POEMAS

(Traducción del autor y Albert Lázaro Tinaut. Valencia: Palmart Capitelum, 2002)


Puentes, caminos             

 

Los coches van lanzados por el puente

el fulgor dorado de un vidrio en un punto exacto

es el único signo duradero de la existencia

una mujer sola que avanza sonriente

a paso vivo por la acera                                                        

lleva marcado ese signo en su rostro

antes del desencanto de la llegada 

puentes y caminos unen

y separan

¿qué furtivo microscopio podría vislumbrar

en el cerebro de una hormiga

su intrepidez infinita

ante el graznido ominoso de un cuervo?

 

 

Sorpresas climáticas             

 

Esperando una justa recompensa vamos entrando en años.

Más nos valiera apacentar ovejas

y cobijarnos, si llueve, bajo un árbol frondoso,

y escuchar, como buenos borregos, las reprimendas de Dios

en paz y con sosiego.

O ir al bosque a talar árboles de modo

que nuestro cuerpo laborioso se adaptara, poquito a poco,

como un hacha,

al ritmo de los golpes en el tronco.

Abrir un hueco, al menos, en la soledad.

Al coronel ya no le escribe nadie.

Un farsante sube al escenario y hace girar sus ojos,

y el polvo se remueve. Alabado sea hasta los cielos.

Pero al caer la noche todas las motas de ese polvo

volverán a cubrir, inmóviles, el suelo.

Así, cuando de pronto empiecen a soplar

vientos más cálidos

nos pillarán desprevenidos y no recordaremos

en qué ángulo exacto deberíamos desplegar

las velas de nuestras camisas.

 

Después de haber perdido el pasaporte  

Has perdido el pasaporte, ¡viva la libertad!

Se ha desprendido el ceño de tu rostro,

el filo más tenaz de la estampilla se ha doblegado

y tú, después de liberarte del peso de tres lustros

y del ojo suspicaz del aduanero,

te arrojas a los brazos de la libertad. ¡La libertad!

Nada te echaba atrás,

ni tu firma, ni el hilo de Ariadna de tu suerte,

ni el mito al que habías recurrido, sagaz,

para multimplicarte.

El aguanieve te disuelve,

manos ajenas arrugan tu imagen descompuesta

y tus pies se atropellan.

(Pronto sentirás en tus carnes

la huella plúmbea del pie de la historia.)

¡La libertad! En el escaso espacio que ocupaste

se posa ahora un copo fresco de nieve

y permanece intacto unos instantes.  


Despedida                

Nos despedimos. Farewell y abrazos

quedan flotando en el viento como un pañuelo estremecido.

Una blancura que huele a algas se superpone al abismo azul.

Algo cálido, como un niño dormido en ti,

se te agarra y, de pronto, se separa y se aleja.

Todavía no nos hemos dado la espalda el uno al otro

pero sé que estoy a punto de penetrar de nuevo

en mi soledad. Nos fundimos, nuestros corazones

latieron al unísono cuando nos encontramos frente a frente.

Luego, sin embargo, retraímos las manos

de nuestros otoños cada vez más distantes

para captar tal vez, ingenuamente, las esferas de fuego de la infancia.

Y en eso que suenan jocosos los teléfonos,

los timbres de las puertas: son como esas suaves palmadas

que da la nieve nórdica cuando cae en los hombros.

A los brindis se unen los cumplidos: Welcome!

Bienvenido de nuevo entre la gente,

tú que andabas perdido por las veredas del cementerio. 


Cumplimiento 

Te deslizas por la piel de mi garganta

y en mi sotabarba construyes tu nido

–¿dónde estaría a mejor recaudo?–:                                   

ésa es tu Vía Láctea.

Te has multiplicado, has engendrado,

te has desgarrado, te has bifurcado.

¿Recuerdas todavía aquellos angostos senderos

que apuntaban apenas

y que se extienden más allá de los tuyos?

Te has quedado. Ni siquiera pienso en esas flores

purpúreas que, generosa, nunca me has negado,

que has mantenido abiertas noche y día en tu jardín.

Aun así, seguirás siendo libre y podrás confundirte,

porque junto a nosotros revolotearán las almas,

perpetuamente, en los aires del abandono.

El oro primigenio surge de tus entrañas

y se cumple en mi sotabarba tu Vía Láctea.


Un sueño en Alemania, 1988

               Con agradecimiento al poeta nicaragüense Joaquín Pasos, que me inspiró


Estoy en Alemania, 43 años después que el zapatero más infame de la historia.

El señor Grass vive al otro lado del muro construido

para conjurar el siniestro juego del gato y el ratón.

Pero ahora los vientos de la confusión soplan del este,

donde al ordnung le falta mucho ordnung

Para contrapesar, a este lado se observa con rigor

el viejo teorema de los efectos del vientre satisfecho:

desde los campos sube a la nariz del viajero el hedor recio del estiércol de cerdo,

y los estómagos alemanes, borbollantes y ufanos,

digieren bockwurst y würstchen regados con cerveza.

¿Qué importan los recuerdos –viviendas cuartelarias del color de las ratas?

¿Qué importa un poeta al que seduce en sueños la hembra de un ratón?

¡Para quién escribió sus hinweise aquel hombre de ojos ígneos,

de barba flameante, sino para nosotros!

Huelgan los comentarios; en todo caso, aquí, sozialismus funktioniert.

Los pechos firmes de las jóvenes teutonas (que airean en verano sin pudor) 

prometen para la raza alemana un futuro optimista.

Las viejas damas adornan con rosas rojas las casas gris ratón.

Un muchacho pecoso lleva ya diez minutos intentando –la punta de la lengua

entre los dientes, ligeros puntapiés– obtener la imagen que ha pedido

al expendedor automático de sellos:

¿es Hegel o Leibniz? No, al fin es Schopenhauer. (¡Qué suerte que ha tenido!)

Tanto Bach como Händel, desde sus pedestales en medio de sus plazas,

inclinan indulgentes la cabeza.

Cierto es que el joven Lutero (según lo pintó Cranach en Weimar)

mantiene cierto aire del hereje que fue, y nadie va a impedirme

ahora que sueñe una ocurrencia candorosa:

en una noche oscura –allá en su Weimar–

el viejo señor Goethe, que ya empieza a estar harto de su enjundia intemporal,

recorre furtivamente las callejas cercanas a su goethe-haus

y con un ademán inequívoco del dedo –al igual que otros miles de insaciables

alemanes del Este, aquella misma noche­– evoca

en la caja paralelepipédica de las mil maravillas

la mágica sonrisa de la presentadora de la westdeutsche TV.         



Suponiendo que el polvo no sea más que el polvo del más allá

El cielo es de un azul inusitado

en esta primavera estonia.

(¿Nostalgia del futuro? ¿Buen augurio?) 

Las palabras liberan el horizonte

y he aquí que todos somos 

muchísimo mejores. Es como si los ataúdes

que flotan sin cesar en el aire de tu ensueño

ya no sirvieran para el mal.

Tampoco para el bien. El polvo

–cualquier polvo– sin embargo

contiene más tristeza

que un cuerpo vivo. Así,

en esta primavera que muestra en Estonia

un cielo tan insólitamente azul,

cualquier desequilibrio en todo aquello

que promete y augura, es un reflejo

del más allá, de lo real y verdadero.

Mayo de 1988



Primavera y polvo

 

                                   Así permanecerá ante nosotros

                                    y tras nosotros el día de nuestra muerte,

                                   como una roca tenaz y pura al acecho del amor.

 

Hoy todos se mueven

en medio de una leve bruma primaveral,

después de haber sido azotados por gélidos vientos

y sin buscar respuestas

sonríen

porque las sonrisas

surgen espontáneas de su interior

 

El tiempo se detiene unos instantes

y se posa como una niebla ligera

en los hombros de los transeúntes

y nadie quiere dar un paso más         

 

Cerca de allí el trabajo espera

hay que fabricar telas, coser vestidos

para cubrir lo tenebroso

y lo salvaje y poderlo olvidar

y así cada olvido quedará perpetuado

con un surco en la frente

 

Al fin todo está cubierto

El polvo nos arrasa la frente

Durante siglos se ha estado preparando

este momento

Los huesos y la nieve ya se han olvidado

Todo está a punto

¿Quién nos regalará ahora

el amor?

  

Lo blasfemo

 

La libertad es un leviatán

que nunca podrás capturar.

La libertad es un leviatán

que los candados del poder

jamás podrán encerrar.          

Fue izada en la torre del Estado,

se airea en la torre del Estado

la cola de la libertad.   

 

Yo también fui un perro andaluz

 

¡La muerte arranca en mí

tu horrenda dentadura firmemente arraigada!  

Soy otro: un lujoso automóvil volador

que te muestra reluciente

el color-seña de su marca,

el perro que ha olvidado su ladrido,

ese perro-juguete obligado a ladrar.

             (Yo también fui un perro andaluz.)

El misterio está en la masa. En la masa

caben todos los misterios y todas las astucias.

Soy un puente colgante entre dos bocas:

intuyo, canalizo palabras pulcras y palabras soeces.

Mi suelo es el pasado y mi techo, el futuro.

Soy voluta sin voz. Hago voltear

el presente alrededor de un dedo.

Soy el vientre cubierto de musgos perennes            

del acueducto dormido sobre ocho muslos

formidables y fuertes por el que fluyen

las aguas de un tiempo hacia otro tiempo.


El caso de Marc

 

¿Acaso era el problema la suma de tus años,

tu torpeza al hablar, tu falta de palabras

en el mullido lecho de tu joven esposa?

 

Como buen caballero no debió de faltarte

arte y entrenamiento, y aún menos nobleza.

 

¡Oh amor celta,

entre el imperceptible rizo dorado

y la mano, brillante como el día,

se abría un hondo abismo!

 

Dulce Marc, tú

no tuviste la culpa.

En mala hora creciste y te elevaste

encadenado a un círculo vicioso,

¡y hasta el mismísimo dios, eternamente verde,

huyó de ti despavorido!

 

Las canciones de Ossián             

2

Leíste el Libro de Kells.

Ringabella sonaba en tus oídos como hermosura circular.

Los días podían prenderse entre sí con un sencillo clip:

buenos y malos, alabanzas y críticas sujetas de dos en dos.

Las letras de ese libro sin edad envueltas en una fina capa de aire.

Una frase que había quedado al margen de la página –Hoy reflejaba

hermosamente el sol bajo mi pluma el oro del pergamino–

te daba aún más aliento.

Como si todos los regalos diurnos del amor

tuvieran el mismo peso. Era sencillo descubrir

en ellos una lógica perfecta: aba bcb cdc ded efe…,

el mismo metro de los versos de Dante que recuerda

lo pasado y que se llena siempre de lo nuevo.

Aunque no tiene sentido que yo quiera penetrar en tu día.

Del mismo modo que la noche cerró tu puerta giratoria

desviando, negligente, tu pluma cuidadosa de la hoja de papel,

yo, Ossián, espero al borde de la ensenada de Ringabella,

en una roca blanqueda por la luz de la luna, el relámpago ciego

de la muerte que me ha de atravesar, la lanza roja del amor

que ha de clavárseme en la espalda. 



Elegía estonia

El 28 de septiembre de 1994, poco después de medianoche, desapareció bajo las procelosas aguas del Báltico, en el lugar que marineros conocen como “el cementerio de los barcos”, el ferry Estonia, que había zarpado poco antes de la capital de Estonia, Tallinn, rumbo a la de Suecia, Estocolmo, y que se llevó consigo al fondo del mar casi 900 vidas humanas. Es el naufraugio con más víctimas, en tiempos de paz, en el mar Báltico. Como causa del hundimiento del ferry, se apuntó un posible defecto técnico o un error humano. No se descarta, sin embargo, un acto criminal. La única conclusión segura de la comisión que investiga el suceso es que el gigantesco buque sufrió una importante vía de agua, que lo echó a pique.


No, no puede ser verdad.

Calambres de perplejidad atenazaban aquella mañana la garganta.

Gravedad de plomo en los pies, como si la tierra nos sorbiera hacia sus raíces

igual que el agua los sorbía a ellos, criaturas desnudas, súbitamente,

desde la ensoñación de sus lechos hacia sus senos fríos como el hierro.


No, no puede ser verdad.


La libertad había de significar, al fin, calor y gozo.

Estonia, como siempre, corría hacia la meta encabezando el pelotón.

Hora era de olvidar la cincha que nos aprisionó desde los tiempos más oscuros,

desde la lóbrega Edad Media, con sus torpes tabúes,

hora era ya de retirarla.

¿No bastaron quizá tanta reverencia y tanta cabeza gacha

ante el amo alemán, ante el vástago vikingo, ante el ruso chacotero?

¿No había sido suficiente, acaso, el trabajo sumiso y manso, ni la diaria lid

acarreando piedras al borde del pantano?                  

Ahora que el pueblo tenía en sus manos el poder, ¿no podía la fiesta del consuelo

carnal durar eternamente?

                                       

El aliento de los profetas –Hegel, Marx, Lenin, Bajtín– en estas tierras

ha insuflado ambos oídos, ora el derecho, ora el izquierdo,

según por qué lado se contemple el mapa.

Yuri Lotman, pobre y frágil judío en medio del camino, endeble y apocado,

nunca pudo aspirar a ser profeta: con los ojos abiertos al cielo

por última vez, en el cementerio de un rincón remoto

de Europa, Tartu, hacía un año, un día acerbo y otoñal, apátrida,

sin panegíricos, con el murmullo de un violín por toda compañía,

canto de ruiseñor que se elevaba indiferente y frío desde las aguas del río madre.


No, no puede ser verdad.


¿Qué necios raciocinios sobre Dios, qué culpa, qué obligaciones cuaresmales?

¿Dónde estaba ese Cristo cuando los cruzados mataban a los niños

de la Tierra de María, violaban a mujeres y doncellas,

cuando apenas fundados los primeros hogares

nos hallábamos de nuevo en la primigenia estepa siberiana

cubierta de nieves perpetuas, con el suelo helado crujiendo entre los dientes,

en la comarca rígida de la tierra baldía, de donde –según dicen–

             procede nuestro pueblo?


No, no puede ser verdad.


Hace miles de años ya fuimos europeos,

precoces labradores mientras otros, mucho más poderosos,

devoraban al vecino como una plaga insaciable de langosta

y descubrían y devastaban nuevos continentes

empujados por el hambre, por el útero dulce y oscuro de la hembra extranjera.

Luego el abismo, la amargura, y la sonrisa pertinaz y fría de la muerte.

¿Será la pequeñez indicio de nobleza? ¿No habremos anhelado también

nosotros el mediodía bajo un cielo de luto en múltiples combates?

¡El rey de los estonios irguiéndose en el campo de Ümera,

con la espada bañada de sangre explotadora

apuntando espléndida y rutilante al Sol!

Las luces del navío se apagaron de repente

en el útero marino, entre algas y peces demudados.

Dormían en él todos los niños de una escuela: soñaban

con una mañana estival, luminosa y diáfana.   


No, no puede ser verdad.


Hemos removido el polvo de la historia

y hemos pedido auxilio a los hijos bastardos de nuestros señores.

¿Mas quién reconocería el irrisorio nombre

de Sittow en las interminables galerías de los castillos europeos,

en medio de un sinfín de pintores neerlandeses?

¿Quién percibiría los sudores y el alma de Schmidt

en la lente estriada de un cosmos que él, discreto, ilumina,

o de Martens, en la retaguardia descorbatada de la poblada hueste

de servidores rusos del Estado? ¿Quién rememoraría

a Peterson –el Keats estonio– que tan tempranamente recaló en la tumba;

a Kreutzwald, padre de nuestros cantos, que guió por el Tártaro

al héroe de la Tierra de María,

como Virgilio a Dante, en busca del amor?

(Mientras el Fausto teutón ya dormitaba plácidamente

en los cielos, en el halda de la Madre de Dios. ¡Siempre tan tarde!)

¿Quién recordaría a Koidula, la cantora del alba, cuyo cabello ondeante

de azabache prueba el entronque de los estonios con el archiinca del Perú,

como el pincel de Wiiralt, hecho de vello púbico de hembra bereber?

¿Quién querría aprender a pronunciar sus nombres, o este otro,

torpemente compuesto: Tammsaare?

¿A quién le importarían estas muestras del color de la tierra

en una lengua abstrusa e impenetrable como la de los vascos,

como el náhuatl, como el zafio balbuceo de los celtas?


No, no puede ser verdad.


Ahora Estonia cae de nuevo en una fosa común

tan de repente que no hay tiempo para dilucidar

quién, en la niebla de los tiempos, había sido amo y quién esclavo,

quién hasta la hora de la muerte retozaba en el lecho del placer

y quién amaba realmente a su patria.

¡Oh!, en el alboroto de la danza macabra las ropas se desgarran otra vez

 y descubren las carnes y los huesos tanto de esas hormigas 

diligentes que siempre saben proveerse de todo, como de aquellos

que permiten que el viento de los tiempos traspase sus cuerpos demacrados.        

¡Oh, esa alfabética carcajada de la muerte, ajena a la oscuridad

y a la claridad de nuestras señales inteligentes!

Todas las palabras significaban cero cuando

un estonio agarraba de la mano a un ruso que se ahogaba,

cuando un adusto sueco entregaba el calor de su pecho esmirriado         

para templar la hipotermia de un corazón estonio.

Jamás en este siglo la bota férrea había pisoteado así,

hasta hacerlo sangrar,

el recio esqueleto del león escandinavo.


No, no puede ser verdad.


¿Qué consuelo aportaba aquella otra ola

que rompía en una noche aun más oscura,

aquel jadeo cruel que se helaba en la nuca,

que todo estonio trata de evocar y olvidar a la vez,

                                              en vano, tesonero,

 en los fervorosos festivales de canto?         

¡Qué más me dan a mí tus cementerios y esa idea quimérica

de que en sus tumbas yace otro Estado más grande!

Lo que a mí me interesa es la vida, la facultad que tiene

el calidoscopio de nuestros días de dar a los colores un matiz singular.

¡Una vuelta más –basta un cuarto de grado–

con el ademán habilidoso aprendido del artista griego,

para concebir una bendita raja protectora!                           


No, no puede ser verdad.


Hace miles de años que somos europeos.

Miles de años antes que Marx y que Friedman

sabíamos que no quedaría indiferente

el corazón de Penélope ante la púrpura de Tiro,

y que mientras retozaba con las náyades, Ulises

deseaba ardientemente incumplir su regreso;

y que Telémaco, el infausto huérfano, no era otro que Edipo,

que acechaba sin tregua a sus padres y forzaba

a que ensancharan más y más el tálamo.

Del mismo modo que el germen sentimental del Este eslavo

acechaba sin tregua a aquel primer ministro galo                             

que en los años noventa, para asombro todos,

se descerrajaría un tiro en la cabeza.

¡Ya vuelves con tus mitos!

Nosotros –ya ves tú– no tenemos ni tiempo para eso.

¿Por qué preocuparse –señor González, Herr Kohl–

de que el ozono se extinga sobre nuestras cabezas?

¿Por qué perder el sueño si Estonia naufraga o Europa zozobra

cuando hemos de ocuparnos de cuidar el estómago de nuestros estimados

compatriotas, que cada fin de semana han de ir a proveerse de oxígeno nuevo

a las cuidadas playas con sus queridos coches,

o soportar impávidos la victoria del Bayern

sobre el Madrid archicampeón, o viceversa, y velar

porque la cotización del jamón no sufra altibajos

por un muro de aire o por el espíritu de Marx, que, como antes,

sonriendo sarcástico, flota entre Unter den Linden y el Tierpark

--¡a pesar de nuestros potentes martillazos

y de tantos abrazos calurosos!


No, no puede ser verdad.


Hace miles de años que somos europeos.

Cuando nacimos actuaba, diligente, Platón de comadrona.

Aprendimos de él que lo que importa no es el amor, sino su nombre;

él fue quien hizo florecer en el cerebro de Eco el nombre de la rosa

y dirigió las pinzas de Lotman

que hurgaban en el pozo gelatinoso de la vida

y sacaban a la luz los combativos signos que se le resistían. 

¿Había amado alguna vez, Platón?

¡Quién sabe!, aunque él afirmaba que el amor

no puede anidar en el amado,

sino tan sólo en el que ama.

He ahí los amadores de sí mismos:

entre la podredumbre, junto el canal de Singel,

en Amsterdam,

dejan flotar su lúgubre e insalubre mercancía:

poco importa que proceda de cráneos verdes,

negros o blancos, de cerebros

tortuosos u ordenados.

(Mira al embarrado Rembrandt, al inmóvil

y espermático Van Gogh,

pintando la desesperación que flota

entre grandes pedazos de carne cruda.)

¡Con qué ansias deseas volver a casa, a ti mismo,

a la verde neblina matinal de Estonia,

           a la profundidad y a la anchura del corazón

donde Europa, desperezándose,

se sacude de encima la inmundicia de las noches omniscientes

y retorna a su infancia!

Pero nada sabremos ni de nosotros mismos

mientras de allende el muro que se eleva hasta los cielos

(y que encierra un sinfín ciudades,

de montes, de ríos, de profundos pozos

triangulares, de pechos femeninos,

de sueños, cementerios con cruces y esqueletos,

hebras de pelo plateado,

entresijos de venas y memorias) no llegue a ti,

ondulando, una voz, un anhelo

que no comienza sólo en mi persona.

(Muchos han sido los profetas que no han vivido

ni han muerto lo suficiente para saberlo.

Ya ves, Platón, que no basta el amor por uno mismo,

y mucho menos la idea del amor.

Tres veces por lo menos el Caballero Verde

pone a prueba a los vivos: ¡uno ha de ser leal!

Ten por seguro que quien no haya visto los rizos dorados

de su vanidad prendidos en el cepo

no tendrá una tercera oportunidad de levantar cabeza.       

A todo eso podríamos llamar signo, la niebla,

el sueño, algo que no puede ser verdad

y se desvanece en un instante

(así como quedaron ciegas aquella noche las calaveras

inteligentes de los ordenadores tras el celaje opaco de las algas marinas),

si no existiera yo, si no existieras tú

en este momento, cuando Dios aún no sabe

cómo nombrar a Europa, qué carajo es Estonia,

qué es la rosa;

cómo nombrarnos a nosotros mismos, que nos reproducimos sin cesar

en cualquier tierra o mar del universo,

en cualquier olor, en cualquier semilla, en cualquier fuego,

a cualquiera distancia,

somos verdad, exactamente igual

que cuando nos exigimos

más que nombre, ternura; más que sangre, amor;

más que huesos, la luz.   

   

Octubre de 1994


Del Camino de Santiago

III

(El sueño de Europa)

Realmente la tarea consiste en multiplicar el cielo azul,

sereno sueño del alba,

y arrancar el velo gris que le cubre los ojos,

ser el lago cristalino que lave su mirada, el bosque

que le ofrezca su lecho de verdura, sin temer ser el océano

            que se despereza, el pozo que se aclara.

La república, obviamente, imita la libertad.

Cada Estado es la impronta de un sello, cada presidente,

un loro de cartón.

En cada república se vuelve a aprender el vuelo de salida

de los artificiosos corredores inventados por el arquitecto inmemorial, 

al mismo tiempo que el poder, por sus dulzurronas grietas

          succiona loros y leones,

          garrapatas y hombres.

Conviene recelar de los sectarios, esos orates bárbaros.

Más vale ser un bárbaro pagano, un hombre hasta los pies.

Más vale ser incluso un fanático romano, o un pobre Cristo.

El culpable de todo es el miedo de amar.

No era justo el cándido clamor de la manzana

mientras el fregadero gemía justamente bajo la carga insoportable

de los escrúpulos nocturnos.

No estamos aquí para desparramar inútilmente la cultura:

ésta nace de sí, y luego nos engendra.

Mientras los picos presidenciales callan

y, preñado de gozos, parturiento, plañe Occidente,

             incapaz de dar a luz,

Europa echa brotes invisibles de equilibrio,

siempre verdes, muy cerca del corazón.                   


Mi vida con el ruido

Es cierto que dicen: "No tienen sentido ni profundidad".

   (Como si el tener sentido diera derecho                           

    a poder comer el pan de cada día.)

Tan sólo tienen ruido, unas bocas

enfrentadas a guiños, dientes claros

que se fulminan entre sí.

Nosotros, los profundos, encerramos

en el silencio imperturbable del ataúd los pensamientos.

La risa clara de ellos, el martilleo intenso

de sus voces derriban las paredes, penetran

cualquier hueso que aún tenga algún hálito de vida.

(Los huele cada insecto, cada árbol.)

Nosotros trabajamos para ganarnos el amor.

Ellos aman, aun sin trabajar, y se alegran.

Nosotros querríamos impregnarlos de profundidad,

                           hacer que fueran buenos.

Nosotros sí somos buenos, a partir de la oscuridad del pozo,

                          dicen ellos.

En otoño un viento displicente limpia los rostros de unos y otros. 

Hasta el día de nuestra muerte no sabremos

quién debía rendirse a quién con gratitud y encomio.


Puedes creer en los signos que tú quieras

 

Qué más da que tus antepasados

hablaran otra lengua

–una lengua que ya nadie conoce–.

Con palabras apenas se formaba

un escudo capaz de dar amparo

para tiempos de paz.

Porque en tiempos de guerra,

en tiempos del amor,

hablabas una lengua más antigua,  

más oscura que el tinte de tu pelo,

más profunda

que aquellos sonidos balbucientes

de tus antepasados,

una lengua

más viva que la sangre

de tus labios encendidos,                             

una lengua capaz de desafiar

renglones de palabras,

que traspasaba audaz

a mi lengua

un sabor más verde

que la hierba,

más marino

que el mar.


Vigesimoprimera elegía báltica        

A Ivar Ivask, amigo del alma, que nació en Riga el 17 de diciembre de 1927 y creció y estudió en aquella ciudad, en Rõngu y en Marburg, donde encontró a su leal compañera de camino y de su vida, la poeta letona Astrid Hartmanis (cuyo nombre es el de la flor de aster), fue profesor de literatura en los Estados Unidos y editor de la revista Books Abroad / World Literature Today en la universidad de Oklahoma durante veinticuatro años, fundó el Premio Internacional Neustadt de Literatura y promovió diversos congresos Puterbaugh en los que se teorizaba sobre las literaturas escritas en francés y en español, dio a conocer las literaturas bálticas y las sometió por primera vez a la valoración internacional, publicó ocho libros de poemas en estonio, dibujaba y viajaba sin cesar, en su casa de Ballycotton, en Irlanda, escribió en inglés la mayor parte de sus Elegías bálticas (traducidas luego a numerosas lenguas), en las que habla de la historia, el destino y los enhelos de libertad de los pueblos bálticos. El 23 de septiembre de 1992, poco después de haber dejado para siempre Oklahoma y de haberse establecido en la localidad irlandesa de Fountainstown, abandonó repentinamente el mundo de los vivos.


Oklahoma enmudeció, el Báltico se heló.

De los despachos de Kafka salieron elegantes personajes de cristal.

Te envolvieron los ajustados faldones de tu abrigo irlandés.


Tú, Ivar, niño de ojos azules, que te apresuras hacia la eternidad.


Ahora eres un pozo que ofrece cubos de claridad a nuestra tierra

que se dilata y se encoge, azarada, despliega los primeros brotes,

da vida a las ramas, expande la luz.

Luego, un vacío absorbente. Luego, un porche que se arruina.

La luz deslumbrante de la mortaja, y la única voz,

la del reloj de aquella tía tuya que tictaquea hacia el presente,

el ágata del anillo de tu madre, que moriría en plena juventud,

la isla sin nombre de tu padre estonio.


Tú, Ivar, niño de ojos azules, que te apresuras hacia la eternidad.


¿En qué islas no habrás puesto tus pies?

Islas de poesía barridas por la exaltada vehemencia de Eolo,

con sus grandes llanuras osadamente transidas de palabras.

Isla de ásteres adormilada en el ligero y cálido regazo del Mediterráneo.

Pero en Naxos, oh sagitario, te asustó la oscuridad,

tu animal. Sentías, Ícaro, la atracción del Sol

y te alejaste, precavido, de los agrestes bosques de Finlandia.

Levantaste tus pirámides de aire y no de sangre.

Te asustaba la sangre, ¿no es así?

(igual que a otro cantor del dolor y de la sangre

cuyo corazón trémulo fue paseado por manos enguantadas, en 1936,

hasta el olivar donde aguardaban los verdugos).


Tú, Ivar, niño de ojos azules, que te apresuras hacia la eternidad.


Tu elemento fue el aire, hijo del aire,

el fino trazo de tu lápiz dibujaba los círculos anuales de tu árbol

que luego se fundían en el papel en blanco,

en el ramaje de la imaginación,

así tu casa surgía del porche claro, tallado por tu padre,

en la fosca cabaña de Rõngu, ennegrecida por el humo del hogar,

de los suaves castaños, en Riga, camino de escuela,

de la dulce mirada huidiza de los ojos oscuros de tu madre letona,

de esos dedos femeninos, ásteres también del terruño letón,

para hacerse amor sin nombre, transparencia emanada del mar,

el ámbar báltico al trasluz del cual podía verse solamente

el rostro más hermoso del mundo, la isla de Dios.


Tú, Ivar, niño de ojos azules, que te apresuras hacia la eternidad.


No tuve tiempo de volver a verte, de visitarte una vez más,

era imposible, porque estabas en mí, tú, doble sagitario,

hermano, la barrera de alambre de espino que se interponía

                                           entre tú y yo no tenía sentido.

Cuando murió mi padre me dijiste: ahora, sólo ahora

tú puedes ser padre de verdad

(y vuelvo a serlo, en cierto modo, al despedirme ahora de ti).

Pero tus verdaderos hijos, tus poemas,

tus dibujos, vástagos de papel, van a tener que demostrar

en otra naturaleza su genio de segundos padres,

como depositarios de la sangre, de los huesos, de la luz,

ante el rostro apacible del Padre más alto,

mientras tú te desenpolvas del tiempo, te quitas el abrigo

de la impaciencia y así, desnudo, esforzado y puro,

te vas desvaneciendo para hacerte tierra de nuestra tierra.


Tú, Ivar, niño de ojos azules, que te apresuras hacia la eternidad.


Aguantaste hasta oír el canto del gallo de la libertad

que tú también criabas en la patria de tu corazón.

Pero en vano intentaste pisar otra vez la Plaza de la Libertad

cuando unos extraños te arrebataron los poemas,

escritos en una lengua extraña para ellos, mientras Tallinn

ponía sus torres en ristre contra ti.

Y luego regresaste, te coronaron con una guirnalda

conforme al rito arraigado en las fiestas de la canción,

y después de llevarte en andas, Ícaro del vuelo libre,

sagitario de flechas espontáneas,

fueron dejándote caer. Para aquellos hombrecillos de faz angulosa,

en la frontera, atareados en arrancar mojones y alinear estacas,

resultaba indefinible el sabor de la miel ambarina,

de la sal mediterránea, de tu abrigo irlandés;

y tú, infinitamente ajeno a cualquier límite,

plantabas ásteres y tulipanes y, como siempre, lo disculpabas todo.

Tu sino había sido conjurar alianzas en una isla volante,

inalcanzable para los tentáculos fibrosos de Munch.


Tú, Ivar, niño de ojos azules, que te apresuras hacia la eternidad.


Cuando de ti esperaban un soplido mordaz y penetrante,

                                                                   que agitaría el mar,

respondiste con esas escobillas de abedul

que secan cicatrices. Cuando esperaban montones de eruditos papeles,

tú, afable, los distribuias por doquier

                                 para aliviar así tu corazón.

Saltaste ágilmente de un continente a otro, viajaste de prisa

de isla en isla, eras un puente entre las patrias

que aguardaban el futuro a lo lejos.

La carga se fue haciendo más pesada. 

Y tu aguda mirada se disoció y llegó hasta el fondo.

(La doble Viena, el día con dos ramas.)

Las casas de una planta no estaban preparadas para acogerte.

Finalmente, cansado y sin dar signos,

te alejaste y buscaste cobijo en las brumas de Irlanda.


Tú, Ivar, niño de ojos azules, que te apresuras hacia la eternidad.


Los incansables ásteres ardientes te acompañaron siempre desde el borde del camino.

Invisibles, los ásteres irradiarán luz eternamente sobre tu tumba de ámbar. 


de DEL SUEÑO, DE LA NIEVE

(trad. Albert Lazaro-Tinaut; Zaragoza: Olifante, 2010)


DONDE HABITA LA MEMORIA

El papel es tan sólo aire con bordes

que se empapa de palabras

no es mucho más seguro ni más frágil

que una vieja pizarra o una pantalla

saturada de nervios electrónicos

El viento abrió de un soplo la ventana

¿De quién era la mano ingrávida que acarició

los cabellos de un niño que dormía?

¿De qué estremecidas frondas

de qué gotitas de niebla en los labios

de qué clamor de hierba fue compuesto

el cantar de los cantares?

Tras un muro levantado con papel

con falsos nervios y pizarra

(¿te atreves?) habita la memoria

(¿has empezado a planear tu huida

o tal vez tu retorno?) guarda

los olvidos y de paso perdónate

las incertidumbres que has tenido hoy


ASÍ PUDO HABER CONTINUADO EL SUEÑO, POR EJEMPLO

Ahora estás lejos, pero el espacio que

has condicionado no acaba de apartarse

de ti. Abajo, desde una estatura de

diez años, suena una vocecita al lado

del armario: esta camisa huele a papá.

Y en eso, impaciente y firme, un hombrecito

ya: ¿padre, por qué no nos llamas?

Los suelos se han impregnado del peso

entremezclado de nuestros pies,

los vidrios de las ventanas han concentrado

en un único punto de nuestros ojos el oro

matinal. Aquí, en California, te acuestas

y aligeras con eso tu soledad, que flota

etérea, como si fuera un sueño.

Allá, en casa, el sol empieza a iluminar temprano

la habitación en la que sólo apareces conectado,

más lento, más cansado, más existente.



ASÍ ES COMO SON

Tiran sin cesar de nuestras manos, de nuestros pies.

Nos van clavando en el corazón gruesas agujas.

De noche, nos mantienen abiertos los párpados

con sus dedos invisibles.

                                                                 

Por qué estás siempre preocupada, madre,

eres una sufridora sin remedio.

Los llaman, los apartan de nosotros, consiguen

                                                     que les seamos extraños,

y usan para ello contraseñas y voces verdes

que no hemos aprendido a interpretar.

Tú, sin embargo, te obstinas esperándoles,

contemplando los juncos escarchados de un otoño tardío,

llevando uno más en tu seno, mediada ya la vida.

(Y ya está aquí: una vida nueva, pequeña, hermosa,

que se arroja alocada a los brazos de la libertad.)

Nos apartan del camino, adrede, divertidos.

Son niños que han crecido de repente,

antes de que hayamos

tenido tempo de crecer nosotros.  


LA REALIDAD

¿Para qué levantar el borde del felpudo esperando

encontrar la llave olvidada? Alberto Caeiro

tenía razón: los símbolos los signos no existen

no hay significados cuádruples no existe tampoco

la “verdad oculta”. Nada es más que lo que es:

nadie puede regresar al seno de su madre que

se aleja sin ensalmo alguno de ti por mucho

que intentes implorándolo agradar a Dios. Tampoco

se puede descartar que la alegría de tu hijita

sea la misma que experimentó tu madre de pequeña

entre los pastos otoñales y fríos de Mõisaküla 

cuando vio llegar a su joven padre de ojos oscuros

y bigote negro para llevársela a casa el fin de semana

¿Qué hacía STC en la Veenderstrasse de Gotinga

en una hermosa y elegante mansión burguesa hace

doscientos años? ¿Se desesperaba tal vez por el fracaso

de la ingenua historia de Christabel que predijo

el nacimiento cinco años más tarde de EAP a quien

las pesadillas y el alcohol llevarían temprano a la tumba?

Según otra versión más verosímil fue exactamente

en la Veenderstrasse de Gotinga en un lecho burgués

donde STC pudo después de apagar la vela y rezar

sus oraciones colocar el cuerpo en una posición propicia

para empezar a oír de repente los latidos del corazón

de Hamlet mientras recordaba los ojos de color

castaño de una bella joven burguesa de Hesse

 

BREVE CARTA A ÁLVARO DE CAMPOS

¿Qué es la realidad? Sólo un montón de huesos. Por eso hay

que construir, sólo por eso hay que construir con argamasa

hecha de ceniza y alba, imaginaciones, paredes que hablen

para una casa en que tal vez se aloje un día una muchacha.



SALIENDO AL VERDE

Las ventanas del autobús vertían copiosas lágrimas

con las primeras lluvias del verano.

En el jardín del hogar paterno se exhibían lozanas

policromas y diminutas flores,

como si la alegría de Marta-Liisa se hubiera derramado

de repente por toda la casa,

            la hubiera llenado.

La única mano del añejo cerezo ahora florece:

parece que el corazón se le ha acumulado en el brazo,

el cerezo se ha olvidado de su tronco

            gangrenado.

La cabeza, viejo tocón pensativo –traidor–,

se hunde lenta en el verde, se ahoga

con justicia en el mar de las amarguras.


SALIENDO DEL VERDE

¿acaso tenías miedo de decir que el abeto es verde

o que el castaño primaveral es una catedral

con candelabros?

¿temías que te confundieran con la aguja del abeto

o con una castaña?

no te asustes: en todo caso lo es, en todo caso lo eres.

(no has de temer: el amor imposible –los celtas

ya lo sabían– en todo caso es

el único posible)


UN ARCO IRIS VAGABUNDO

Cuando subimos al autobús, que al menos

pudiéramos meternos los codos en los bolsillos

y, aldesplegarnos sobre dos asientos, disimular

un poquito menos nuestras caras de avestruz.

En fin, sin duda tus ojos de color de musgo

lo perdonarán. Te llevas contigo tan sólo

el arco iris del cristal gris del cielo,

la púrpura del sol en un extremo y, en el otro,

el pálido semblante de la luna, el cementerio

verde de Viljandi después del aguacero,

y antes un gran tropel de vacas de pelaje

rojizo que pastaban en un prado auténtico,

con el transfondo de unas nubes sobre las que

me preguntaste si tenían aquella hermosa

forma sólo aquí, aunque las mirasen

unos ojos más extranjeros que los tuyos,

independientemente de la distancia.

 

TRENES

1

¡Al tren! ¡Al tren!, gritaba

un buen compañero. ¡Habían                                               

subido todos: diligentes compatriotas,

ministros, poetas,

la bella estirpe de la humanidad

al tren expreso París – Nueva York!

¡Vayan con Dios! Mi bisabuela letona,

que jamás de los jamases se había

enojado, yale decía a mi diminuta

madre estonia, sentada en su regazo

sobre las ruinas vaporosas

de la guerra mundial, cuando

el silbido matutino atravesaba

la carne y los huesos de Mõisaküla:

¡Este caballo no esperará!


2

Éste era otro tren. Se arrastaraba

lento, olfateaba la hierba,

sólo paraba un ratito más

en los pueblos fronterizos.

Se arrojaba extrañamente contra

las nubes, excavaba la tierra

de los cementerios, reptaba remolón

entre peces en el fondo del mar,

recogía en las estaciones a quienes

llegaban con retraso, a los amantes,

a los jóvenes de ojos ardientes

parados en los andenes, te recogía

a ti que ayer, feliz, en la mesa

te olvidaste de comer: canturreabas

con abba mientras tus dedos

repiqueteaban sobre las rodillas,

tus ojos, hierba marina,

tus dientes, caña tierna.


56

El segundo día de las Navidades empezó
a nevar de nuevo en Tartu.

El alma se sintió aliviada.

Roosi, la vieja dama que estuvo sobre
el filo de la muerte en Auschwitz y amaba
desmedidamente los colores de la vida,
pero quedó ciega, me escribe desde la calle
de Fort Washington que aun en la oscuridad
distingue la luz de las sombras.
Y da gracias a Dios.

Toda la tierra y lo que en ella hay
queda envuelto de luz.

La nieve y el alma.
El alma y la nieve.

57

Ella duerme, ella duerme, ella duerme.
Ella ya no me reconoce.
Ella, mi madre, duerme.
Su voz sólo alcanza el sueño.
Ella duerme.

Hacia la nieve gris aún levanta sus manos.
Sus ojos golpean los muros del sueño.

Ven a la sombra, madre, ven
de la noche a la nieve de mi memoria.

                        8.XI.2007

60

Fuera la nieve se funde Se infiltra
en ti Madre pero tú entreabres
la puerta miras adentro, ¡vieja,
joven, sin muletas!
¿No has ido hoy a la escuela?
La nieve te cae dentro ¿Tú
no le temes al frío, Madre?


63

Se trataba de perros. ¿Por qué
llorabas? ¿Era triste la película?
No, no era triste, sólo era
cordial.
Entonces es justo
lo que sientes. Mira, al fin
ha empezado a nevar. Enjúgate
los ojos, lávatelos, sécatelos:
el año nuevo está a punto de empezar.